viernes, 7 de noviembre de 2008

Columna de Porfirio Muñoz Ledo en El Universal

Bitácora Republicana
Retorno del Estado


La novena edición del Foro de Biarritz resultó en todos sentidos la más pluviosa de cuantas han ocurrido. Quedaron atrás las concesiones piadosas a la economía de mercado y al estado de las relaciones entre Europa y América Latina. Los tiempos obligan a la franqueza aunque rara vez a la contrición.

Una idea fuerza de Ricardo Lagos ayudó a ordenar el debate: el Estado ha de restablecer el equilibrio entre sociedad y mercado. No se trata de devolver sus privilegios a una economía financiera bajo prudente regulación, sino de restituir a la población la centralidad que debiera corresponderle en democracia. Devolver al consumidor su dignidad ciudadana.

Preocupa el vacío de reflexión sobre los desastres sufridos por los países de la periferia durante el ciclo neoliberal: concentración del ingreso, abismos de la desigualdad y dilución de las instituciones públicas. Rodrigo de Rato llegó a encomiar los tratados de libre comercio y refirió la crisis como un accidente de vuelo, en olvido de su responsabilidad al frente del FMI.

El pensamiento lineal, aun fracturado, no da su brazo a torcer. Los intereses que lo alimentaron están intactos y aguardan ser restaurados por el esfuerzo social. Se afirma que vivimos el regreso de la política, pero no se dice cuál. Nos encaminamos a un segundo Bretton Woods, pero podría significar la entronización de los mismos tecnócratas que detentan la autoría del derrumbe. Es hora de la ideología y de la acción ciudadana. No en balde el único dato duro de cambio en el escenario mundial es la elección de Obama.

Es notoria la ausencia de una respuesta de izquierda en Occidente. Nuestros amigos socialdemócratas, que habían renunciado a liberalizar el comunismo para conformarse con revisar el capitalismo, fallaron a su tarea histórica. Padecemos el extravío de la dimensión norte-sur en el análisis de la crisis. La hipótesis dominante de que la globalización suplantó las relaciones de explotación es una victoria cultural de la derecha. Algunas víctimas serán convidadas a la mesa de los beneficiarios del estropicio, con la esperanza de incorporar a todos en círculos concéntricos. La teoría del goteo trasladada a la política.

Las discusiones revelan además modificaciones sustantivas en el concepto de Estado-nación. Desde las resonancias autonomistas de la convocatoria vasca hasta la prédica tenaz por la integración de los continentes y los supuestos institucionales de una genuina gobernanza mundial. De manera dispersa pero concurrente surgieron los dilemas de la supranacionalidad, la subnacionalidad y la transnacionalidad.

Sobresalieron por su agudeza los debates en torno a las regiones, así como a las migraciones. Quedó claro que la estatalidad democrática demanda transferir recursos y potestades soberanas a las provincias, ciudades y municipios y, en última instancia, expandir el poder ciudadano. Se vislumbra un nuevo mapa mundial sustentado en el tejido de las aldeas locales.

Los enfrentamientos más ásperos sucedieron en la cuestión migratoria. Ésta transparenta lo que sentimos por nuestra contraparte y la idea que nos hacemos de la humanidad. Las restricciones impuestas al flujo de personas por la UE no se compadecen con la solidaridad proclamada; menos aún con la lógica implacable de un mundo global.

Apenas asomó la valoración de las instituciones necesarias para afrontar una nueva época y la audacia intelectual que su diseño demanda. Bien decía Ortega y Gasset que las rebeliones se emprenden contra los abusos, mientras las revoluciones contra los usos. La propuesta más rescatable es el llamado a una segunda conferencia de San Francisco, que reconstruya el andamiaje obsoleto concebido por los actores y para los problemas de hace seis decenios.

Faltaría plantearse con rigor la más dolorosa de las asignaturas pendientes: el secuestro del Estado por los intereses que debería domeñar y la reversión objetiva de los valores que lo originan. El hecho de que quienes ostentan la responsabilidad pública carecen del poder para ejercerla y quienes lo detentan actúan en detrimento de una convivencia libre y civilizada.

La amenaza entrañada por la preeminencia de los poderes fácticos tiene en México la más dramática de sus manifestaciones. Domesticarlos y someterlos es el primero de nuestros deberes políticos. Mal podría volver por sus fueros un Estado corrompido por sus adversarios. Es urgente detener la perversión de la pequeñez y la degradación de la incompetencia.