domingo, 18 de enero de 2009

Opinión de Rolando Cordera Campos en La Jornada

Dios no es el copiloto

Como por arte de magia, la crisis fue decretada y las metáforas, como los mariachis, callaron por los rumbos de Hacienda: ni catarro ni pulmonía, sino turbulencias de todo tipo que han acabado por llevar la producción y el empleo a uno de sus peores baches.

La guerra de loditos entre Hacienda y el Banco de México parece llegar a su fin: ni el “crecimiento cero” de Carstens ni la descalificación que hace Ortiz del “optimismo” hacendario llegan muy lejos. Entre 0.7 por ciento y menos 1.2 por ciento ubica la ONU nuestras posibilidades de evolución para este año, en consonancia con lo que se espera para el resto del mundo, aunque más grave, dada la extrema dependencia de nuestras exportaciones de lo que ocurra en Estados Unidos, cuyo desplome productivo y del empleo es ya un hecho.

A diferencia de la caída vertical de 1995, que elevó el desempleo formal a coeficientes desconocidos para los mexicanos de entonces pero que, gracias a la devaluación del peso, el boom estadunidense y la entrada en vigor del TLCAN duró poco y en menos de un año se volvió recuperación y al final del siglo alto crecimiento, esta vez no podemos esperar un auge repentino en Estados Unidos ni acontecimientos que prometan “hacer época” y lleven a los inversionistas a arriesgar y a apostar por México. La recesión es global y la encabeza el coloso norteño, donde comerciamos el grueso de nuestras exportaciones y alojamos un número creciente de compatriotas que no encuentran cabida en nuestro mercado de trabajo, ni el país les ofrece expectativas de mejorar, aunque sea de a poco.

No hay opciones externas a la mano, y es probable que la circunstancia global se agrave por el declive del impetuoso crecimiento chino, que ha empezado a dejar sus huellas en el malestar social, las quiebras de empresas y el desalojo de poblaciones que sufren el desamparo súbito en ciudades poco dispuestas para lidiar con el desempleo y su secuela en déficits sociales de todo tipo. El descenso oriental, a su vez, repercutirá en las dinámicas ya menguadas de las economías volcadas a la producción y venta foránea de materias primas, como las del cono sur de nuestra región, y Prebisch con sus enseñanzas volverá por sus fueros, como hace Keynes a diario.

Así, la serpiente ponzoñosa que empezó todo esto desde la codicia antes venerada de Wall Street se morderá la cola: lo que se ha puesto en crisis no es sólo el otrora arrogante capitalismo financiero del Nintendo y las supercomputadoras, con sus cálculos abrumadores y sus físicos convertidos en Dr. Frankestein virtuales, sino el sistema en su conjunto, los conceptos y valores que lo inspiraban y los frutos que le prestaban legitimidad ante las críticas y jeremiadas de sus opositores. Si otro mundo es posible o no, tal vez lo podamos ver en unos años; de que éste se ha vuelto poco habitable y muy hostil, no necesita de mayor argumento.

Documentar el pesimismo y reconvertirlo en agenda de trabajo de los poderes públicos y las fuerzas sociales parece ser el único recurso cercano, pero todavía parece lejana, muy lejana en verdad, la posibilidad de trocar el susto y el desencanto en acción política concertada y con visión de futuro. Lo que impera entre nosotros es, por un lado, una extraña convicción de que “la cosa” no es tan grave y pasará pronto; por otro, la también curiosa esperanza en que aquí se puede con todo, de que las crisis comen y se van, y de que con un poco de valor y un mucho de fe encararemos la adversidad y saldremos ilesos (es un decir) de la tormenta.

No hay tal cosa. La oleada desatada en el centro no puede sino pegarnos de lleno y hacer evidente la fragilidad del sistema económico erigido al calor de la fiebre neoliberal. No contamos con un buen aparato financiero para aumentar y reconducir el crédito, y la banca de desarrollo es para lo que se quiera, menos para la defensa o la expansión productiva. Las finanzas públicas se encogen mientras las presiones políticas y sociales sobre ellas crecen, y los resortes convencionales para la concertación política de la economía están oxidados. El equipo gubernamental especula en el vacío o se reparte espacios imaginarios, y la planta empresarial opta por el mutismo o la súplica fiscal, en ausencia de posibilidades para hacer mutis y sobrepoblar las taco towers de Houston o Coronado.

El Ejecutivo no ejecuta, pero invoca fe, esperanza y caridad a falta de iniciativa o credibilidad. En poco tiempo caerá en cuenta de su soledad y tendrá que descubrir la necesidad vital de alianzas y acomodos que vayan más allá del concilio de escritorio o del sobrentendido con los defensores de un status quo impresentable.

De algo debe estar seguro ya el gobierno: de que esta vez la Morenita mira pal’Norte y de que Dios no está dispuesto a ser el copiloto. Laicos somos y laicos vamos a tratar de pasarla… y sobrevivir.